Si por estos días hay turno para ir al dentista, es mejor no recordar “Marathon Man”, la película de hace casi medio siglo de John Schlesinger, que se conoció entre nosotros como “Maratón de la muerte”. La trama resulta un tanto compleja –se cruzan nazis, macartistas, aerobistas, estudiantes, es un cruce entre denuncias políticas y thriller- pero la escena más perturbadora es la visita del protagonista (“Babe” Levy, protagonizado por Dustin Hoffman) al dentista.

Este, en realidad, es un nazi fugitivo que convierte ese turno en una sesión de tortura. Pasa del repaso por las caries a un toque de anestesia y luego a perforar directamente a su víctima, mientras le susurra “¿es seguro” y los acompaña una música perturbadora.

Sir Lawrence Oliver, el formidable actor británico, fue nominado al Oscar por su papel del siniestro Christian Szell. Y dos años más tarde volvió a protagonizar una película con nazis, pero aquí como perseguidor: Ezra Lieberman, el cazador de ex SS en “Los niños de Brasil”.

Si toca ir al dentista, entonces, mejor no ver por estos días aquella obra de Schlesinger. Cuentan que muchos espectadores no resistieron la escena y se marcharon, Es preferible encontrar alguna película más amable con el dentista, como “El martes antes de Navidad”, producción rumana.

Schlesinger le pidió a Michael Small, autor de la banda sonora de la película que “reflejara el dolor. Y la resistencia al dolor”.

La música de “Marathon Man” es sublime. Aparece un fragmento de “Herodiade”, la ópera de Massenet. Y en el pasaje más perturbador de la película se escucha una de las cumbres del romanticismo, uno de los lieder que Schubert compuso sobre poemas de Müller para su ciclo “La bella molinera” en 1823.

El nombre del tema es “Der Neugierige” (El Curioso). Ese ciclo fue cantado por los más notables tenores del último siglo, desde Dietrich Fischer-Dieskau hasta Jonas Kaufmann. Y el que se escucha en la película es otro tenor excepcional: Fritz Wunderlich.

Los atletas africanos –etíopes, keniatas y ahora ugandeses- dominan el ambiente de las carreras de largas distancias. Este movimiento tuvo un punto de partida, ya hace mucho tiempo: Juegos Olímpicos de Roma, en 1960.

Un etíope llamado Abebe Bikila, casi desconocido hasta aquel momento, corrió descalzo por la Ciudad Eterna y sorprendió al mundo al ganar la medalla de oro, en la misma carrera donde nuestro Osvaldo Suárez terminó noveno y estableció el récord sudamericano. Cuatro años más tarde y ya con zapatillas, reponiéndose de una operación de apendicitis de apenas seis semanas antes, Bikila repitió su victoria.

Fue el primero en concretar tal hazaña que sólo pudieron emular otros dos atletas, el alemán Waldemar Cierpinski y el aún vigente keniata Eliud Kipchoge. Bikila –muerto joven, por las consecuencias de un grave accidente de tránsito- inauguró la era del imperio africano en las carreras de maratón.

Y es justamente la imagen de Bikila la que se va superponiendo a la de Dustin Hoffman durante pasajes de la película, como si el esfuerzo de “Bab” estuviera inspirado en la determinación, el mutismo y resilencia que aquel adquirió en las altiplanicies etíopes.

“Soy corredor de maratones, estoy acostumbrado al dolor. Sé que está ahí, pero no le hago caso”, afirma el personaje de Hoffmann. Y el poster de Bikila está en su habitación.

“Maratón de la muerte” tiene otras escenas perturbadoras, como propone la trama. Pero gran parte está dominada por el ambiente de Nueva York y su Central Park, en los escenarios naturales más filmados del mundo. Allí el personaje de Hoffman, Thomas “Babe” Levy, un estudiante de historia que prepara su doctorado en la Universidad de Columbia, entrena como un poseído (y en una época donde todavía la popularidad del maratón no se había disparado).

Como su hermano “Doc”, un agente federal encubierto, actúa otro grande, Roy Scheider. Ambos hacen de hijos de otro profesor, perseguido en la época del macartismo. Se cruzan con más espías, sicarios, traficantes de joyas, y por supuesto, para este tipo de películas, no faltarán las persecuciones callejeras. Tampoco, aquella arma que, pasadas tantas penurias, Babe arrojará a las aguas del lago. Acaso conforme por su venganza, o eterna y psicológicamente perseguido.



Fuente Clarin.com

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