
El ulmo (Eucryphia cordifolia) es un árbol nativo y emblemático del sur de Chile, conocido por su tamaño imponente y su rol esencial en el ecosistema del bosque valdiviano.
Este árbol perenne puede crecer hasta 40 metros de altura y se encuentra desde la provincia de Arauco hasta la isla de Chiloé, en la Región de Los Lagos. Aunque principalmente chileno, también hay algunos ejemplares aislados en Argentina.
Este árbol prefiere climas húmedos y templados, y suele crecer en bosques lluviosos y zonas costeras, a no más de 700 metros sobre el nivel del mar. Su importancia ecológica se relaciona con la alta humedad y la pluviometría, condiciones que favorecen su desarrollo.
Ricardo Segovia, doctor en Ecología y Biología Evolutiva, destaca en diálogo con el sitio Ladera Sur que “es una familia muy interesante, porque es un indicador de los bosques del hemisferio sur, de las afiliaciones austrolasianas. Tiene una historia gondwánica”.
La floración del ulmo ocurre entre enero y febrero, y se caracteriza por grandes flores blancas que cubren el árbol como si fuera nieve. Este fenómeno natural no solo es un deleite visual, sino que cumple una función ecológica vital: la producción de néctar.
Este néctar es recolectado principalmente por la abeja melífera —una especie introducida europea— que lo utiliza para producir una miel de alta calidad y con propiedades terapéuticas reconocidas.
Cecilia Smith, doctora en Ecología, explica al sitio anteriormente citado: “El ulmo no produce miel, sino que produce néctar, el cual es recogido por muchos insectos, entre ellos la abeja melífera, que es una especie exótica europea, y una vez que recogió el néctar con eso produce la miel. Es la abeja la que produce la miel, no el ulmo. También recoge polen y hace propóleo”.
Aunque la especie no está en peligro crítico, enfrenta amenazas por la deforestación causada por agricultura, ganadería e industria forestal. La regeneración del ulmo es lenta y necesita bosques sanos y condiciones climáticas específicas.