Podemos sonreír al ver un bebé de cotillón. Pero cientos de ellos, de todos los colores, alineados o dispersos, flotando o enmarcando escenas, generan otro efecto. Entre el desconcierto, la incomodidad y el miedo oscila Preguntas resignificadas, la exposición de Silvio Fischbein en la galería Imaginario. Lejos de lo decorativo o lúdico, el artista construye un universo donde lo infantil se vuelve extraño y lo cotidiano se vuelve enigma.

Son 25 obras inéditas que parecen haber salido de una mente que archiva, clasifica, acumula… pero también despieza, desmonta, reconfigura. Fischbein parte de materiales banales –bebés de cotillón, recortes de diarios en lenguas exóticas, mapas escolares, fotografías publicitarias– y los ensambla en estructuras ordenadas con obsesión. Hay algo profundamente emocional en estas composiciones; algo que incomoda.

Silvio Fischbein.Silvio Fischbein.

Latente, difusa, esa incomodidad es el verdadero corazón de la muestra. Un pasaje donde la infancia deja de ser refugio, la repetición compulsiva de figuras y patrones, y los elementos descontextualizados crean un efecto casi hipnótico. No hay caos, pero tampoco paz. Un orden que oprime como si cada casillero, cada rostro recortado, escondiera una historia que se nos niega.

Incluso lo familiar –un mapa, una sonrisa, un color– se perciben como ajenos, como si algo se hubiera quebrado en su interior. Fischbein trabaja sobre ese quiebre. Lo señala sin explicarlo, lo enmarca sin cerrarlo. El arte, entonces, no es sólo el resultado visual, sino también esa grieta que nos obliga a revisar certezas. ¿Cuántas veces miramos sin ver? ¿Cuántas veces asociamos lo infantil con lo puro, sin atender a su potencial inquietante?

Silvio Fischbein.Silvio Fischbein.

La serie también puede leerse como una crítica a los sistemas que moldean nuestras percepciones: la publicidad, la educación, la familia, la religión. No hay panfleto pero sí una invitación a desarmar narrativas.

Ángeles, multitudes o amenaza

Los bebés son la figura central. Su presencia es masiva pero no hay ternura sino acumulación. ¿Qué representan? ¿La superpoblación? ¿Lo divino? ¿La posibilidad latente de algo terrible? Fischbein no da respuestas. Solo ofrece estructuras abiertas para que el espectador complete el sentido, incluso rechazándolo.

Los bebés pueblan sus obras con ambivalencia: ¿representan inocencia? ¿Un exceso de humanidad? ¿ la necesidad de una planificación familiar? ¿Algo que aún no pasó, pero podría pasar? La historia de cómo llegaron a su obra ya es parte del mito personal del artista.

“Un día, saliendo de un museo, vi a un nene con un sonajero igual al que yo usaba. Fui al Once, compré una bolsa de juguetitos y encontré unos bebés chiquitos que me pegaron fuerte. Volví al local, me contacté con el fabricante y le pedí que me vendiera todos los que produjera. Llegué a comprarle 20.000 por mes durante cuatro años”, relata Fischbein.

Silvio Fischbein.Silvio Fischbein.

Su taller, visible en un video exhibido en sala, muestran canastos llenos de regordetes bebés de colores, muñecos descuartizados –escena apta para una película de terror–, materiales clasificados. Un archivo del desborde. Una maqueta mental de la habitación que contiene restos de una infancia.

Las fotografías que utiliza parecen recortadas de un mundo feliz: sonrisas publicitarias, escenas anodinas de personas felices sin contexto. Son rostros que no dicen nada, o que dicen demasiado sobre lo que se espera mostrar. Se suman mapas escolares y diarios en idiomas que la mayoría no entiende.

Hay casilleros blancos, como casillas vacías de un juego en pausa. Todo remite al juego de la oca, donde el azar determina si se avanza o se retrocede. Algunas obras generan una tentación infantil: mover una ficha, girar los dados. Pero no hay reglas. Solo la incómoda sensación de estar atrapado en un juego cuyas consecuencias desconocemos.

Quizás la obra más conmovedora está en la pared. Es una pregunta que lanzó su nieta más pequeña al ver uno de sus cuadros: “Babu, cuántos bebés… ¿dónde están las mamás?”. La pregunta funciona como eco. ¿Qué se perdió? ¿Qué falta? ¿Qué hay en el centro de estas estructuras tan precisas como desoladas?

Una utopía hecha de restos

Fischbein se define como un artista nómade entre disciplinas. Artista visual, arquitecto, cineasta, docente, ex presidente de la Asociación Iberoamericana de Escuelas Audiovisuales, su obra visual se construye desde la libertad de quien no defiende fronteras.

“El estado de creación es una forma de vida. La mesa de trabajo no es un lugar físico, es una actitud. El sentido del trabajo no lo impongo: nace de una negociación con quien lo contempla”, define.

Desde esa premisa, cada pieza funciona como una invitación a desarmar el mundo conocido, a ver en lo infantil también lo oscuro. A mirar el exceso de orden como posible violencia. A entender que en un mundo donde sobran imágenes, quizás la única salida sea mirar de nuevo.

“Trato de expresar probablemente una utopía. Y es que las diferencias no existen, que las hegemonías, las culturas sociales tampoco. Que vivimos en un mundo en el cual todos somos iguales. Y lo hago con esto que puedo.”



Fuente Clarin.com

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