
El porvenir actúa, decía Fernando Arrabal, el creador del Movimiento Pánico, en golpes de teatro. Halló ese adagio como era él entonces, en los años ‘60 del siglo pasado. Juntó dos enciclopedias literarias; una le dio el principio de su hallazgo, que estaba en francés y era El porvenir actúa. Para llegar a la segunda parte de su eslogan abrió otro mamotreto, que le dio esta ocurrencia: “en golpes de teatro”.
Con ese eslogan, el porvenir actúa en golpes de teatro, Arrabal puso en marcha una de las más efímeras, pero potentes, historias de la literatura del teatro, y de la literatura en general, de aquellos años. Él, que es una persona extraordinaria y un simpático y audaz ser humano, lleva sus noventa años y pico como si acabara de descubrir, otra vez, el pánico.
Esto viene a que a mí, como periodista, pero también como ciudadano curioso con respecto a la historia de la literatura, me han pasado muchos sucesos en los que el azar, es decir, el porvenir, me ha atraído a sucesos llenos de misterio y también de alegría. El porvenir, tantas veces, me ha traído teatro…
Esta vez ocurrió ahora en Calafell, Cataluña, en un homenaje literario que se dedicaba, a la vez, a Mario Vargas Llosa, a Carlos Barral y a Carmen Balcells. De todos tienen ustedes muchas noticias, pues uno fue premio Nobel, el otro fue el mejor editor español (e hispanoamericano) del siglo XX y esta última, la extraordinaria mujer que fue Carmen Balcells, recalificó la figura de la agente literaria para convertirla en la más potente de las artes relacionadas con la venta de derechos de autor.
El homenaje se hizo en Tarragona y en Calafell, que están juntos; en Calafell vivió toda su vida, con intervalos decisivos en Barcelona, el editor, y allí escribió en noches y días veraniegos sin descanso el autor de La ciudad y los perros. Este último lugar fue escenario de esta coincidencia que ya no se va de mi cabeza como un azar organizado por la propia Carmen Balcells para que yo no me olvidara de ella, de su capacidad para el encantamiento y para la alegría de las coincidencias.
Lo que pasó fue lo siguiente: hablábamos en aquel acto organizado por quienes cuidan de la memoria de Barral de las tres figuras y a mi me tocaba, en medio del calor sin piedad del preverano, buscar algo que decir de cada uno de ellos. Antes de que me tocara subir al estrado, junto al nieto de Barral, Malcolm, el más audaz de quienes hablan, o escriben, de memoria, se me ocurrió mirar algunos papeles que llevaba conmigo como ayuda de mi “lo que he vivido”.
Viajo siempre con papeles que fueron de mi tiempo como periodista, que ya es largo, y no los miro por si dicen lo que ya se sabe y me ponen, en público, a repetirme como una sinusoide. Pero me fui a comer solo a La Espineta, la taberna que se inventaron los Barral al borde mismo de donde estaba el barquito de Carlos. Y resultó que la tasca estaba cerrada, como el tiempo que ya es historia en el caso de este hombre que hizo de Callafell un lugar tan inolvidable como su figura. Así que me fui a otro sitio y ahí abrí la carpeta, como quien busca helados contra el enorme calor. Y ahí hallé este tesoro, que yo no sabía que tenía conmigo o que alguna vez hubiera sucedido.
Resulta que, entre esos papeles, estaba la historia que hizo que Carmen y Mario volaran juntos hacia la gran historia que ambos vivieron y que en un caso fue la historia de la agencia literaria y en el otro la leyenda de la literatura del siglo XX y del siglo XXI. Era, en papel de antes, de los que están escritos a doble clara, una larga conversación con Balcells sobre qué le llevó a ella a buscar a Mario para hacerlo suyo, como pupilo, desde 1966 hasta 2015, cuando ella murió en Barcelona, poco después de ver como su amigo llegaba al estrellato de Estocolmo.
Los papeles dicen esto, y así los leí en el acto de Calafell: “Mi primera relación seria con Mario Vargas Llosa, digo seria porque de ahí arranca mi memoria, empieza cuando estoy leyendo La casa verde. Fue un hueso. No conseguí entrar en el texto hasta la página cuarenta y pico hasta que llegué a un párrafo determinado de la lectura en el que me dije: Ya lo veo claro. Es absolutamente innovador. Mario ha suprimido el tiempo narrativo y en una misma frase engloba el presente, el pasado y el futuro con una tranquilidad pasmosa en la que el lector se queda completamente en babia si no tiene la paciencia de seguir”. “Quedé enganchada”, me dijo, “impresionada, con un entusiasmo que tenía más de que ver conmigo misma y con la autoestima que adquiría de mi misma que del libro. Primero, porque he sido una lectora completamente autodidacta y todo era un descubrimiento continuo. Era 1966. Segundo, una afirmación hacia mi misma en la que me decía: Carmen, cuidado, estás ante una obra única, ante un escritor único. Y me fui trazando el siguiente discurso: Mario vive en Inglaterra, no puedes dejar suelto a este genio de la escritura… Yo había oído suficientes cosas en castellano como para saber que aquello tenía un valor único”.
Y se decidió Carmen y se fue a Inglaterra. “Le pedí hora y fui a verle… Ya le conocía desde Seix Barral, porque allí me encargaba de vender los derechos de autor al exterior. Él daba clases en un colegio… Le digo que tiene que dejar de trabajar. Él me pregunta: ´¿Y de qué voy a vivir yo?` ¿Cuánto ganas?, le contesto. Creo que eran quinientos dólares y le propuse pagárselos yo misma cada mes… No los tenía, claro, pero contaba con un amigo al que le dije que si lograba vender medio millón de ejemplares de uno de los libros de Vargas Llosa yo ya estaba salvada. Y mi amigo, al que llamábamos Albertico, me dijo: ´No dejes de hacer nada que ayude a consolidar tu trabajo por dinero, porque yo lo tengo y te lo presto encantado”.
Albertico la salvó, ella se condujo por el mundo para conocer a quienes serían de su estirpe, y decidió emanciparse de Barral, para el que trabajaba, y hacerse “agente de escritores como los agentes norteamericanos, que firman un contrato y ya lo manejan todo”. Fue entonces a ver a Mario Vargas Llosa cerca de Earls Court, donde vivía el futuro autor de Conversación en La Catedral. “Fue cuando le dije a Mario: ´Te pago 500 dólares al mes hasta que acabes Conversación en La Catedral, todo el tiempo que quieras, pero con una condición: el contrato para ese libro con Seix Barral [donde seguía Carlos Barral] lo haré yo. Fue cuando asumí el auténtico papel de agente literaria”.
Esa figura ya sería icónica del mundo editorial que vendría, desde que Vargas Llosa le dijo sí a la más importante agente que tuvo la lengua española. Me dijo Carmen lo que Mario contó en público cuando Balcells cumplía los ochenta años. “Había venido con sus hijos y sus nietos a comer en mi casa. Yo no tenía ni idea de que él tenía preparado un discurso. Y éste fue tan sensacional… Fue dedicado a sus nietos y a los míos, me sorprendió, y me alegró su exactitud… Yo había considerado incompatible trabajar para Seix Barral y convencí a Carlos para que renunciara a los derechos de traducción. Puso como condición que su mujer, Yvonne, trabajara en mi agencia…”
Cosa que Yvonne puso hacer hasta que tuvo mellizos… “Mario ha sido, de todos los escritores que he conocido”, me dijo Carmen, “el que mayor pasión ha tenido por lo que está haciendo, escribir. Cuando yo hacía ventas para Seix Barral él me decía: ’¡Comadre, qué maravilla, encima que nos publican nos pagan!’”
Hablamos más, claro, y está en aquellos papeles que el azar me devolvió en Calafell mientras el mar de Barral iba rompiendo contra la puerta de la bellísima casa en la que Carlos vivió entre el porvenir y los golpes de la vida. La casa, su casa, vive como una memoria que no cesa, y es emocionante como la vida del mejor editor del siglo XX en España para la que trabajó la más inteligente de las agentes de la historia.