La adolescencia siempre fue una etapa desafiante. Pero en estos tiempos de hiperconexión, sobreexposición y pantallas encendidas las 24 horas, las preguntas se multiplican. ¿Los adolescentes de hoy son más frágiles, o a los adultos nos cuesta acompañarlos sin controlar? Ornella Benedetti y Santiago Silberman, psicoanalistas y autores de Imperfectos (El Ateneo), invitan a repensar esta cuestión.
“Actualmente se habla frecuentemente de la llamada ‘generación de cristal’, término popularmente usado para describir a los jóvenes considerados excesivamente sensibles o vulnerables ante críticas o conflictos. Sin embargo, quizás esta supuesta fragilidad juvenil refleje menos un problema adolescente que la inseguridad adulta para abordar conflictos”, señalan a Clarín.
Así, proponen repensar la cuestión: “Muchas veces, lo realmente frágil es la posición del adulto que teme intervenir, confundiendo la falta de imposición con ausencia de sostén y retrocediendo por miedo a equivocarse. El conflicto, bien acompañado, no daña el vínculo; la ausencia de referentes claros y presentes, sí”.
El riesgo es callar
La adolescencia, explican, no es sólo una cuestión de hormonas ni de rebeldía: es una etapa de construcción de identidad en la que todo lo que antes se aceptaba sin cuestionar (padres, normas, valores, la propia imagen) se pone bajo la lupa. Y eso, explican, no es un síntoma de crisis, sino una señal saludable. “El peligro real está en que los adolescentes dejen de hacerse preguntas”, advierten Benedetti y Silberman.
En ese proceso, los vínculos y las emociones se viven con una intensidad difícil de administrar. “Todo adquiere carácter definitivo: un mensaje que tarda en llegar puede sentirse como abandono; un simple enojo, como una traición irreparable”, describen. “Esta carga emocional se amplifica aún más en el contexto actual, caracterizado por la urgencia, la exposición pública y una necesidad constante de validación”.
La adolescencia es una etapa de construcción de identidad en la que todo lo que antes se aceptaba sin cuestionar se pone bajo la lupa.. Foto Shutterstock.Redes sociales y bullying digital: un escenario que crece
Con las redes sociales siempre a mano, ese mundo interno encuentra una vidriera donde todo se muestra, se compara y se evalúa, alertan. Y aunque las plataformas no son responsables directas de los conflictos, sí los amplifican: “Muestran cuerpos, relaciones, logros y fracasos en un momento donde el propio yo aún está en construcción. El cuerpo cambia, la imagen fluctúa, y mientras tanto el espejo digital devuelve modelos ajenos difíciles de alcanzar”, explican.
A esto se suma una preocupación cada vez más frecuente en consultorios: el uso de inteligencia artificial para manipular imágenes de compañeros y crear contenidos falsos con fines extorsivos o humillantes. Cuentan casos recientes de adolescentes que alteraron fotos para simular situaciones comprometedoras, incrementando así el impacto emocional del acoso.
El uso de inteligencia artificial para manipular imágenes de compañeros y crear contenidos falsos con fines extorsivos o humillantes, una preocupación cada vez más frecuente. Foto: ilustración Shutterstock“El bullying digital, definido como agresión o acoso mediante tecnologías digitales, ya no se limita al aula. Ahora puede ocurrir en cualquier momento y lugar, incluso en la aparente seguridad del hogar”, mencionan.
El silencio no es desinterés
Muchos padres sienten que en esta etapa el diálogo se corta y que el adolescente se aísla. Pero, según los especialistas, ese silencio no siempre significa desinterés. “Muchas veces escuchan aunque no respondan”, aclaran. Por eso, en lugar de forzar conversaciones, los psicoanalistas proponen garantizar un espacio abierto, para cuando ellos decidan hablar. “Frecuentemente, lo que los adolescentes rechazan no es al adulto mismo, sino el modo en que se sienten interpelados por él”.
También recuerdan que no todo aislamiento adolescente es preocupante, es normal que busquen momentos de retiro. El problema aparece cuando ese alejamiento se prolonga mucho y se acompaña de cambios persistentes en el humor, el sueño, la alimentación o las formas de vincularse. Ahí, señalan, es clave prestar atención: “En salud mental, esperar a ver si ‘pasa solo’ no suele ser efectivo”.
Sobre limitar y cuidar
Otro de los puntos delicados es el de los límites. “Muchos adultos temen ponerlos por miedo a perder el vínculo con sus hijos. Sin embargo, marcar límites claros y sostenidos no es autoritarismo, sino cuidado”, explican Benedetti y Silberman. Como ejemplo, mencionan establecer horarios definidos para el uso de pantallas, aunque genere resistencia. Porque, a la larga, eso transmite al adolescente la presencia activa y protectora del adulto.
“Marcar límites claros y sostenidos no es autoritarismo, sino cuidado”, explican Benedetti y Silberman. Foto ilustración Shutterstock.No es sencillo ser ese adulto disponible y firme. En su trabajo clínico, ven que muchos padres cargan con inseguridades, mandatos familiares y miedos propios. Por eso, acompañar a un adolescente implica soportar conflictos sin caer en el control ni en la indiferencia, y tolerar que no siempre habrá respuestas inmediatas.
Transmitir valores
Para Benedetti y Silberman (en Instagram, @redpsi), el verdadero problema muchas veces no está en la supuesta fragilidad adolescente, sino en la dificultad adulta para sostenerse en esa incomodidad.
“Muchos padres llegan a la crianza arrastrando inseguridades, mandatos familiares y miedos no resueltos. Acompañar a un adolescente implica revisar esas heridas propias, soportar conflictos sin caer en el control o la indiferencia, y tolerar que no siempre habrá respuestas inmediatas. No se trata de ser perfectos, sino de sostener la incomodidad sin huir de ella”.
“Acompañar a un adolescente implica revisar esas heridas propias”, aseguran. Foto: ilustración Shutterstock.Y mencionan al psicoanalista Donald Winnicott (1971), que señaló que “lo que un adolescente necesita no es perfección, sino un ambiente suficientemente bueno en el cual pueda desplegar sus propias incertidumbres”. Así, dicen que “cuando el adulto logra permanecer allí, incluso con dudas, ya está ofreciendo algo fundamental: presencia”.
Finalmente, dicen, “acompañar no equivale a controlar: es transmitir valores desde el propio hacer cotidiano. Los hijos observan mucho más los gestos que las palabras. Los límites no se enseñan mediante discursos, sino con las pequeñas decisiones diarias: lo que se permite, lo que se detiene, lo que se repara. Implica nombrar aquello que incomoda sin recurrir a etiquetas, sostener la escucha aunque sea difícil y estar disponible, incluso sin convocatoria explícita. Ser padres no significa exclusivamente ejercer control, sino constituirse como un punto firme de anclaje emocional”.
Para cerrar, los especialistas subrayan una idea que resulta esencial: “Criar un hijo es, en esencia, el arte de permanecer cerca, aun cuando el otro quiera alejarse. Porque los adolescentes empujan y se alejan, pero necesitan la seguridad de que, al mirar atrás, todavía haya alguien sosteniendo el borde”.