“El clima ya no es el mismo, y el agro lo sabe.” Con esa frase, el director del Instituto de Clima y Agua del INTA, Pablo Mercuri, sintetizó uno de los principales desafíos que enfrenta la producción agropecuaria argentina en la actualidad: adaptarse a un escenario climático en transformación constante, con temperaturas más altas, eventos extremos más frecuentes y una urgencia creciente por tomar decisiones basadas en información precisa.

Durante su participación en el Congreso de Aapresid, Mercuri ofreció un detallado panorama sobre cómo se manifiestan los efectos del cambio climático en el país. “Lo más claro es el incremento sostenido de la temperatura media anual. Es una tendencia lineal, año tras año tenemos temperaturas más altas, tanto en nuestras regiones productivas como a escala global. A eso se suma la mayor frecuencia e intensidad de eventos extremos: lluvias torrenciales, sequías prolongadas y olas de calor cada vez más duraderas”, explicó.

Entre las consecuencias más visibles de estos fenómenos, Mercuri destacó las pérdidas directas de cultivos o de rendimiento esperado, así como el impacto en el manejo agronómico. “Necesitamos adaptar nuestras prácticas. Por ejemplo, mantener el suelo cubierto para evitar el efecto soplete de los vientos secos en medio de las olas de calor, que pueden literalmente achicharrar los cultivos”, advirtió.

Pero la adaptación ya no depende únicamente de la observación a campo. La inteligencia artificial está comenzando a jugar un papel fundamental en la predicción y planificación climática. “Hoy la IA permite extender la precisión de los pronósticos meteorológicos hasta 15 o incluso 20 días. Y no solo eso: también está revolucionando el análisis del clima estacional, como las perspectivas para primavera o verano. Esto se logra cruzando datos globales —temperatura de los océanos, patrones atmosféricos, etc.— y generando nuevas relaciones, conocidas como teleconexiones, que nos ayudan a entender cómo podría comportarse el clima en nuestras zonas productivas”, detalló.

El mayor conocimiento del clima futuro implica también una transformación en la forma en que los productores y los profesionales del agro se relacionan con la información. “El análisis de datos debe ir más allá del promedio. Tenemos que identificar extremos, tendencias reales, índices específicos, como cantidad de días cálidos consecutivos o días sin lluvia. Además, es clave incorporar la lógica probabilística en la toma de decisiones. Todo lo que proyectamos del clima futuro es probabilístico, y todavía nos cuesta pensar en términos de probabilidad”, señaló Mercuri.

Desde su perspectiva, esto representa un desafío, pero también una oportunidad para profesionalizar aún más al sector. “Los productores más jóvenes ya incorporan el análisis climático como una herramienta más, como el análisis de mercados. Pero hay mucho camino por recorrer. La agronomía tiene que avanzar en análisis estadístico y manejo de datos para interpretar mejor lo que viene.”

El conocimiento climático no solo es una herramienta de rentabilidad. También puede convertirse en un pilar para una agricultura más sustentable. “Si logramos una mayor previsibilidad, nuestras decisiones dejarán de basarse exclusivamente en la intuición o la experiencia pasada. Podremos planificar mejor, anticiparnos a los eventos adversos y aprovechar las ventanas de buen clima como oportunidades. Eso permite una gestión más eficiente de los recursos y una menor exposición al riesgo climático”, explicó.

En tiempos de incertidumbre climática, la inteligencia predictiva aparece como el nuevo diferencial competitivo. No se trata solamente de prepararse para lo peor, sino de identificar las condiciones propicias para lograr lo mejor. Y, como remarcó Mercuri, eso requiere información, análisis y, sobre todo, decisiones bien fundamentadas.



Fuente Clarin.com

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