La lectura es la vida secreta, es decir la vida real. Dos magníficos observadores y practicantes de la tensa ósmosis entre literatura y vida reabrieron las puertas de sus sanctum sanctorum, esmeradas cajitas de música de sus fervores. César Aira en Actos de presencia y Alan Pauls en Alguien que canta en la habitación de al lado. Los libros están conectados: Pauls incluye un imperdible ida y vuelta epistolar con Aira y una reseña sobre éste.

Si Aira no escribió acerca de algunos de sus favoritos fue por azar, o para protegerlos (de sí mismo y de los demás). En ningún momento en estas antologías el lector recuerda esa clase de crítica que oscila entre el podio y la horca. Ninguno se esconde detrás de la obvia brillantez y ambos ofrecen un consuelo de potencia inaudita, como si en literatura otro plano –con menos ansias de figurar y rapiñar– siguiera siendo posible.

Fiel al espíritu indómito de Aira, Actos de presencia se debe más a invitaciones aleatorias. Si figuran Rubén Darío y Norah Lange, no significa que sean parte de su panteón. Lo mismo que ciertas elecciones peculiares, como la novela Amalia. Aira plantea casos para explorar cómo procede un novelista. Vacía a la literatura desde adentro, y lleva el estudio de la escritura a otra dimensión, sustentada en una lírica casi científica, dejándose llevar por los lazarillos del encabalgamiento y la combinatoria. Puntuada por alguna broma matemática, como la cantidad de Amalias en la vida y la obra de Mármol.

Estos discursos leídos son derivas, igual que sus narraciones, gobernadas por una lógica volada. Aira se prueba: cómo delirar haciendo crítica. Aunque aquí son más bien ensayos, a veces a lo Charles Lamb o De Quincey; el ensayo con forma de cuento que cierra su círculo como por casualidad, con esa soltura. En un ensayo no se trata de tener razón, sino de distraer el espíritu, de devolverle algunas pepitas de oro, de repartirlas gratuitamente.

Gran fabricante de efusiones difusas, sumamente sugerentes, en Aira la imprecisión es la cima. Sus asociaciones pueden sonar absurdas, falaces, pero son tremendamente cautivantes. Lo suyo es una encantadora indolencia despótica: la falsa transparencia de un tendido que no deja de embaucar en una maniobra fraudulenta a la que el lector, agradecido por el refugio de una telaraña, se entrega a ciegas. Como a las variaciones sobre diversos leitmotiv de su obra: la vocación; las disyuntivas entre perfección e imperfección (“Si en el fondo la imperfección no será una forma de cortesía”), atención y distracción; el imán de la paradoja y las refracciones del realismo; lo que desaparece o se sustrae; el tiempo, sus velocidades y sus favores. No importa en qué punto se ubique Aira, la visión es siempre panóptica con respecto al arco de una vida y una obra.

En Alguien que canta en la habitación de al lado, con la impaciencia que imprime un superávit de afectos, Alan Pauls defiende a capa y espada una idea –una pasión– de la literatura con precisión exasperada. Pinta una vocación absoluta y disemina autorretratos fingidos o aspiracionales. Se pone en discípulo con gracia, y es desprendido sin dejar de ser estricto. Abundan los maestros –Ludmer, Piglia, Saer–, los anómalos –Puig, Héctor Libertella, Copi, Masotta, Mansilla– y la resistencia francesa: Barthes primero y último, Deleuze, Roussel. “Todos los que leemos como locos venimos del mismo lugar, la misma situación, el mismo extraño milagro: alguien nos lee“, subraya.

Lo fascina y lo inspira el desubicado, el desmarcado, el anfibio. Si a veces exagera sus propios hallazgos, es efecto de la generosidad. Es quizá el libro más íntimo y abierto de Pauls, que si por momentos está por encima del sujeto comentado no es porque él mismo se coloque allí. Al contrario, patentó un recurso –reírse de sí mismo con vanidad– mientras su nervio dadivoso propone un banquete de itálicas. Es que el autor de Temas lentos está trabajado por fuerzas cruzadas, constantes, como el becario-cum-laude de la Escuela Guattari. Como en Trance, define a la lectura como una práctica anacrónica con un lenguaje que desea ser lo más contemporáneo posible. Su técnica o táctica es tirar de un hilo (y de a un hilo por vez).

De a ratos, sí, lo traiciona esa infección de bastardillas y de términos foráneos castellanizados. O la tentación de tratar ciertos rasgos de sintomáticos, en medio de un léxico que se desvive por impresionarse a sí mismo. Pero en Pauls léxico es estilo –pertrechado en la misma línea que sus verbos gráficos, altos y bajos– y sorprenden dos palabras simples, valientemente frecuentes: alegría y felicidad. Como en Aira, cunden astutos borradores de teorías, y se ofrece un estreno: Pauls poeta (y el texto sale más que indemne). Por momentos irritará, como cualquier mente iluminada, pero hay malas noticias para recelosos y detractores: Alan Pauls es un crítico de excepción.

Actos de presencia, César Aira. Literatura Random House, 192 págs.

Alguien que canta en la habitación de al lado, Alan Pauls. Literatura Random House, 336 págs.



Fuente Clarin.com

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