
Hace apenas unos meses, muchas localidades de la Argentina estaban literalmente bajo el agua. Las lluvias torrenciales de marzo convirtieron calles en ríos, anegaron campos y forzaron evacuaciones. Ahora, en pleno invierno, con otro panorama: temperaturas muy bajas, heladas intensas y un frío que hace años no se hacía presente con tamaña intensidad.
Este cambio vertiginoso no es fruto de la casualidad ni tampoco resulta tan novedoso como muchas veces se suele presentar.
Los fenómenos observados en los últimos años evidencian un cambio claro en el comportamiento del clima respecto de patrones anteriores. Ya no se trata de estaciones predecibles, ni de lluvias o fríos propios de cada estación. Ahora convivimos con eventos extremos más frecuentes y más intensos.
Ahora bien, el cambio climático no es solo calor extremo o falta de lluvias, como suele pensarse. También se traduce en tormentas más violentas, irrupciones de frío inesperadas y una creciente inestabilidad del clima.
Las lluvias de marzo no fueron una sorpresa para quienes siguen de cerca los ciclos climáticos globales. Después de tres años consecutivos con La Niña —un fenómeno del Pacífico asociado a la sequía en el centro y norte argentino— este año se instaló El Niño, provocando precipitaciones intensas, súbitas y fuera de control.
La dificultad no radicó únicamente en el volumen de precipitaciones, sino en su intensidad y concentración temporal, afectando áreas con suelos saturados y con infraestructuras —urbanas y rurales— insuficientes para contener el impacto.
El otro extremo no tardó en llegar. Entre mayo y junio, se empezaron a sentir fríos, aunque no del todo inéditos, más intensos de lo habitual. Y julio arrancó con temperaturas bajo cero en buena parte del país. En algunos lugares, no se registraban valores tan bajos desde hacía años y tuvieron la particularidad de que no se dieron de forma progresiva, sino como un salto térmico, sin ese otoño templado que solía funcionar como “puente” entre el calor y el frío.
Lo que sucede tiene una explicación: el sistema climático global está desbalanceado. Con más gases de efecto invernadero, la atmósfera acumula más energía, y eso la hace más inestable.
El clima reacciona como si estuviera alterado: llueve más fuerte, el calor aprieta más y el frío también. El equilibrio acostumbrado ya no existe, y quedamos expuestos a eventos que, aunque parezcan extremos, están dejando de serlo.
En este marco, la Argentina es un país climáticamente diverso, pero también muy desigual en su preparación frente a estos cambios. Ciudades mejor equipadas conviven con otras que siguen lidiando con sistemas de drenaje colapsados, construcciones en zonas inundables o falta de políticas de prevención.
Al problema que trae aparejado el cambio climático se le suma la falta de organización para enfrentarlo. No se puede seguir actuando como si lo que pasa fuera una sorpresa. Se necesita planificación, inversión y decisiones firmes.
No se trata de asustar, sino de tomar conciencia. Podemos seguir esperando que todo vuelva a ser como antes, o empezar a prepararnos para lo que viene. Porque el clima que conocimos ya cambió. Y, como en materia ambiental no existe un plan B, cuanto antes sea aceptado el tema, aumentan las chances para adaptarse a las nuevas realidades.
María Rosa Davagnino es especialista en temas ambientales. Directora del Instituto de Formación Política “JBAlberdi” de Republicanos Unidos.