Me entero de que Antonela Roccuzzo es la mujer argentina con más seguidores en Instagram: 40.2 miilones. Si la estrategia en una red social sirve para definir una personalidad, la de la esposa de Leo Messi es elocuente: no necesita mucha agitación para concitar interés (apenas tiene 880 publicaciones contra las 6.558 de Wanda Nara, por ejemplo) y sólo sigue a 864 personas (que te sigan muchos y que vos sigas a pocos es la ecuación mágica de una socialité del siglo XXI).

Su perfil tiene fijados tres posteos: ella en la tapa de Vogue México, con su marido y sus hijos en el Mundial de Qatar y ella en la tapa de la Harper’s Baazar italiana. Después se muestra en familia en un concierto de Coldplay, sola en las afueras de un estadio y en unas vacaciones en la costa italiana, donde vemos paisajes hermosos, muchos chicos, ella en bikini bajando a una cala de aguas transparentes y hermosa en un modelo de Tiffany con su amiga Daniella Semaan, la esposa de Cesc Fàbregas.

Hay un detalle en este último posteo que la define: el atuendo (un vestido corto en violeta y blanco, cartera violeta, stilettos blancos) aparece desplegado recién en la última foto sin ninguna referencia a la vista; uno tiene que hacer click en la imagen para poder ver la marca. La discreción es una de las formas de la elegancia y Antonela lo sabe. Aunque es embajadora de Tiffany, no lo anda gritando por ahí.

¿Alguien conoce su voz? Si dejara un mensaje de audio en nuestro celular, ¿la reconoceríamos al toque? Difícil. A diferencia de Claudia Villafañe, tan popular, tan como nosotros, Antonela construyó su imagen desde el silencio y la lejanía. O desde el silencio que emana de la lejanía. No parece un ser de este mundo.

Me podrán decir que cada tanto surgen historias de gente que la ha visto, empleados de delivery o cajeras de supermercado que dan fe de su sonrisa perfecta y modos amables. Pero son rarezas, momentos excepcionales que parecieran no tener otro sentido que recordarle a la Humanidad que ella existe y puede tener antojo de churros.

En los noventa, Mariana Nannis se hizo famosa por decir que ella era caviar y las demás mujeres, mortadela. Con su cintura mínima, su busto máximo, su cabellera Susana, su gusto por la pelea mediática y sus consumos new rich, la entonces mujer de Claudio Caniggia impuso un modelo que se continúa en Wanda pero que se interrumpe en Antonela. La morocha es la antítesis del escándalo y la lengua karateca. No cae jamás en el barro. Ella es una nube, no hay duda.

La vida es la vida y quizás algún día el paraíso que exhibe en Instagram tenga una arruga (Dios nos libre y guarde). Llegado el caso, uno imagina que no habrá estallidos públicos de furia ni carne para darles de comer a las voraces fauces del chimento. Antonela, la reina silente de las redes, seguramente se moverá en las puntas de pie de su buen gusto, con sonrisa monárquica y la dignidad de su retaceo. Porque menos en más, siempre.



Fuente Clarin.com

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