
Acá en Barcelona tenemos una plaga de argentinos, como les digo cuando me encuentro con uno de ellos, que es casi todos los días. Para mí es una cosa buena. Enriquece la fauna urbana. Vienen, con sus pasaportes italianos, en búsqueda de la dolce vita. Los veo felices, y con razón.
El día a día en España es imbatible. En las tres cosas más importantes de la vida -familia, comida y fútbol- es una superpotencia. Ah, y en salud, donde también es de clase mundial. Y aunque los nativos no dejan de quejarse (porque si no qué aburrida que sería la vida, ¿no?) el país va como una moto. Tanto The Economist como The Financial Times no dejan de decir que la economía española es la más dinámica de Europa.
Lo curioso para mí es la discrepancia entre lo fuerte que es España en tantas categorías y lo poco, o nada, que pinta en política internacional.
Lo volveremos a constatar esta semana cuando el presidente de Gobierno español, Pedro Sánchez, se presente en La Haya para participar en una cumbre de la OTAN. De los 32 Estados de la OTAN España es el que menos contribuye en defensa como porcentaje (1,3) de su Producto Interno Bruto. Y Sánchez acaba de decir que, pese al consenso entre sus aliados de que el fenómeno Putin les obliga a pagar mucho más, España se planta.
Dos por ciento es lo que la OTAN pide hoy y pese a al rechazo de la izquierda más izquierdosa, el Gobierno español lo acepta, a regañadientes; el cinco por ciento es lo que pide de aquí a 2032, y eso casi todos los españoles lo rechazan. Sánchez dijo en una carta al secretario general de la OTAN que de eso ni hablar, que sería “irresponsable” sucumbir a semejante “sacrificio”. ¿Por qué? Porque pondría en riesgo la dulce calidad de vida española.
Como contrapartida tenemos el caso de Canadá, donde también viven muy bien. El primer ministro canadiense, Mark Carney (de centroizquierda, como Sánchez), fue recibido con aplausos unánimes en su país cuando anunció esta semana que su país llegará a la cifra de dos por ciento este mismo año. Canadá, junto a la mayoría de los países europeos, tiene una noción diferente a la de España respecto a los que es la responsabilidad y la irresponsabilidad. Quizá España tenga razón y los demás se equivoquen.
Veamos los argumentos a favor de gastar más en defensa, basados todos en una interpretación de lo que significa para el mundo la invasión rusa de Ucrania. Nadie los ha expuesto con más lucidez que el célebre historiador Yuval Noah Harari. Aquí va un resumen.
Como metáfora de la guerra en Ucrania imaginemos a un grandote que se enfrenta en el patio de colegio a un niño pequeño. Se forma un círculo a su alrededor y algunos intervienen a favor del chiquito, otros no. El precio de no intervenir es que la fuerza se impondrá como norma en el colegio. Si Putin gana en Ucrania (sea cual sea la definición exacta de victoria), veremos replicantes de él por el mundo entero. Si Putin pierde el mensaje será que la política del bully no tiene recompensa. Lo que está en juego es la democracia y los valores liberales que tan bien han servido a países como España, que sabe mejor que muchos lo que significa vivir bajo un régimen similar al ruso.
Putin significa el retorno de un monstruo que mandó en la Tierra durante la mayor parte de la historia humana, pero en épocas recientes fue derrotado y exiliado. Hablamos del imperialismo, del imperialismo más elemental, aquel del país fuerte que invade un país débil, lo conquista y lo coloniza. Como Roma en su día, como España, como Inglaterra, como pretende Rusia en Ucrania hoy.
Putin está intentando que el imperialismo clásico vuelva a estar de moda. Si se impone veremos una epidemia mundial de gasto militar, sea por razones ofensivas o defensivas. Lo cual obligará a dar marcha atrás a una tendencia admirablemente civilizadora de la humanidad, sin precedentes hasta el siglo XXI, de invertir más en el bienestar social que en armas. Para resumir, si no gastamos bastante más en aviones de guerra y drones hoy, dentro de poco gastaremos muchísimo menos en medicina y educación.
Éste es básicamente el argumento de la gran mayoría de los gobiernos de Europa y de la OTAN. España discrepa.
Ucrania queda lejos y Putin será un tirano pero poco nos afecta a nosotros. Hay un principio en juego, sí, pero de principios no se come. Mejor quedarnos al margen e ir a lo nuestro. Esta es la posición española, y no solo la de la izquierda. Hace unos días hablaba con un embajador europeo que se declaró atónito ante la ausencia de una política definida del principal partido de oposición, el Partido Popular, respecto a lo que en el resto del continente se considera la cuestión más apremiante de nuestros tiempos: cómo contrarrestar la amenaza rusa.
El embajador me dijo que no tenía ni idea de lo que pensaba sobre este tema, o siquiera si pensaba en él, el partido que podría pronto volver a liderar el gobierno español. Al menos sí sabe lo que piensan los aliados de Sánchez a su izquierda: “no a la guerra”, “no a las armas”, como siempre. Es comprensible. Todos queremos la paz y en el caso español está el recuerdo, no tan lejano, de que los países de Europa occidental no acudieron a la defensa de la república contra Franco. ¿Ahora quieren que acudamos a la defensa de Ucrania? Que se jodan.
Es comprensible también, tanto en la derecha como en la izquierda, porque en España vivimos muy bien y todos queremos que la fiesta no pare. Por eso yo vivo acá. La dolce vita es irresistible. Pero de vez en cuando siento la obligación de recordar que la vida es dura y que la política no es siempre un juego y por eso he viajado un par de veces a Ucrania en los últimos dos años y pienso volver otra vez en septiembre. Recomiendo a amigos españoles (y argentinos) que hagan lo mismo. Se lo recomendaría también a los políticos. Vayan, y después hablamos.