
Cuando el 18 de julio de 1994 volaba la AMIA por un atentado terrorista, el mismo se inscribía dentro de la lógica armada que azotaba al mundo en ese momento pero que había comenzado una década atrás con coches bombas y suicidas guiados por ideas extremistas islamistas.
Lo mismo había ocurrido en 1992 con el acto de terror contra la embajada de Israel en nuestro país. Veinte años después siguió este mismo modus operandi con los atentados contra las Torres Gemelas, las acciones contra tres vagones del metro y un colectivo en Londres, entre tantos otros.
Este cambio estructural se distingue claramente del de agrupaciones famosas como ETA, IRA y la OLP, que se orientaban por doctrinas políticas-nacionalistas pero laicas y sus acciones no buscaban víctimas indiscriminadas como en la AMIA y en los otros ejemplos recién señalados.
Tres décadas después de los atentados en Argentina nos encontramos con otro proceso de cambios, restructuración y dinámica de los grupos terroristas. Tal vez la región de Sahel africano sea el escenario donde con más nitidez puede observarse.
Allí se descubre por ejemplo que miembros de organizaciones extremistas se integran a ellas más como una salida laboral que siguiendo valores, ideologías o religiones y miembros jóvenes que se cambian a la organización terrorista a la que se enfrentaban porque obtienen en esta “mejores condiciones”.
Otro cambio paradigmático son los casos de Hamas o la ex Al Qaeda en Siria quienes tienen control sobre grandes porciones geográficas y ejercen en ellos las facultades propias de un estado incluso el uso de la fuerza armada y el ejercicio de la diplomacia.
También se ha profundizado la ligazón que venía ocurriendo desde hace algunos años entre organizaciones terroristas con grupos criminales donde las primeras piden, entre otras cosas, utilizar los canales forjados por las segundas para transportar armas, explosivos y sustancias ilegales, incluso personas.
Todo esto ha llevado fundamentalmente a EEUU a comenzar a delinear una nueva doctrina contra el terrorismo. El 19 de febrero de 2025 el Departamento de Estado designó oficialmente a seis cárteles mexicanos y dos pandillas como organizaciones terroristas extranjeras.
En consecuencia, surge la primera pregunta más allá de vinculo táctico ¿qué tienen en común organizaciones como el Estado Islámico (ISIS), Hamas, Al Qaeda o Hezbollah con las recientemente denominadas por Washington como el Cártel de Sinaloa y La Nueva Familia Michoacana o la pandilla Mara Salvatrucha (MS-13) para estar definidas o clasificadas de la misma manera?
Siguiendo esta misma tendencia e interrogante, el pasado 8 de febrero la Argentina ha incorporado a la organización criminal Tren de Aragua (Venezuela) como organización terrorista en el Registro Público de Personas y Entidades Vinculadas al Terrorismo y su financiamiento (RePET) como lo hiciera con la agrupación Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) un mes antes.
Finalmente, también está en debate si la directriz doctrinaria recién descripta es tal o solo es parte de la dinámica propia que hay entre las distintas agencias gubernamentales en los EEUU que aparecen luchando entre sí para apropiarse de un porcentaje mayor del billonario presupuesto que ese país destina a prevenir nuevas formas de violencia armada y criminal.
De confirmarse esta conjunción de identidades, algunas de esas dependencias gubernamentales devaluarán su poder y algunas de ellas podrían perder su razón de ser o incluso desaparecer.
Agustín Romero es Doctor en Ciencia Política y Director del Posgrado en Asuntos Argentinos, Facultad de Derecho, UBA