{"id":33571,"date":"2025-06-13T12:33:31","date_gmt":"2025-06-13T15:33:31","guid":{"rendered":"https:\/\/13.com.ar\/index.php\/georges-perec-desde-una-zona-de-susurros\/"},"modified":"2025-06-13T12:33:31","modified_gmt":"2025-06-13T15:33:31","slug":"georges-perec-desde-una-zona-de-susurros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/13.com.ar\/index.php\/georges-perec-desde-una-zona-de-susurros\/","title":{"rendered":"Georges Perec desde una zona de susurros"},"content":{"rendered":"<p> <br \/>\n<br \/><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/13.com.ar\/wp-content\/uploads\/2025\/06\/Georges-Perec-desde-una-zona-de-susurros.jpg\" \/><\/p>\n<div id=\"element-body-0\">\n<p>Sin un \u00e1pice de dramatismo, el protagonista de Un hombre que duerme \u2013una figura apenas trazada, sin nombre, sin atributos que lo singularicen\u2013 decide retirarse del juego social; suspende el impulso de responder, de inscribirse en el flujo cotidiano, de afirmarse entre los otros. Nacida de un radical escepticismo ante toda coartada de sentido \u2013ni una renuncia, ni un repliegue sentimental, tampoco una derrota \u00edntima\u2013 <strong>Georges Perec <\/strong>(1936-82) ensaya en esta novela una forma activa de abstenci\u00f3n.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"element-body-1\">\n<p>El uso de la segunda persona del singular \u2013ese \u201ct\u00fa\u201d que vertebra la narraci\u00f3n\u2013 funciona aqu\u00ed como lente disociativa. No interpela, sino m\u00e1s bien desdobla. El lector queda expuesto a una voz que lo implica y lo aparta a la vez; lo vuelve espectador y c\u00f3mplice de una evaporaci\u00f3n met\u00f3dica. La identidad no se desvanece, pero se vuelve irrelevante. <strong>Perec <\/strong>escribe desde una zona de silencio donde ya no queda nada por decir, pero donde, sin embargo, algo sigue resonando. De ah\u00ed que no sea la altura metaf\u00edsica ni el oropel aleg\u00f3rico lo que persigue, sino un trabajo concreto sobre los gestos m\u00ednimos, los movimientos imperceptibles, las rutinas que se sostienen incluso al borde de la desaparici\u00f3n.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"element-body-2\">\n<p>Nada ocurre, o mejor: todo se reduce hacia lo casi inm\u00f3vil. Se camina sin rumbo, se mira sin deseo, se duerme sin fatiga. La ciudad, innombrada pero reconocible \u2013Par\u00eds o su espectro\u2013, deviene mapa sin clave, cartograf\u00eda del desapego. Sus calles, sus vidrieras, sus caf\u00e9s, son registrados con la precisi\u00f3n de quien ya no espera nada de ellos. El mundo no ha dejado de existir, pero ha perdido la capacidad de afectar. En lugar de embellecer esta indiferencia o convertirla en s\u00edmbolo, Perec la examina, hace de ella una atm\u00f3sfera, una textura, una forma de relaci\u00f3n con lo real.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"element-body-3\">\n<p>La prosa \u2013sobria, hipn\u00f3tica, de una cadencia casi l\u00edquida\u2013 explora cierta forma de exceso: listas, repeticiones, gestos redundantes. De esa acumulaci\u00f3n surge una monoton\u00eda deliberada, orquestada con rigor. Y, aun as\u00ed, algo vibra. No es el retorno del deseo, ni una redenci\u00f3n por la v\u00eda de la palabra. Lo que irrumpe es una grieta, abierta por la insistencia misma del discurso. Pero ah\u00ed donde otros habr\u00edan buscado cierto \u00e9nfasis o patetismo, Perec cultiva el matiz. Por eso se trata menos de una meditaci\u00f3n de la soledad que de un estudio minucioso de su forma. \u00bfQu\u00e9 significa habitar una vida sin prop\u00f3sito, sin proyecto, sin relato que la encauce?<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"element-body-4\">\n<p>Hay en Un hombre que duerme una herencia ineludible. Pueden o\u00edrse ecos de Camus o Beckett, pero resuena con mayor nitidez la consumada negatividad del Bartleby de Melville o la inercia existencial del Obl\u00f3mov de Iv\u00e1n Goncharov. Sin embargo, el personaje de Perec no formula una resistencia irreductible; tampoco anida en el ensue\u00f1o. Su suspensi\u00f3n dista de ser melanc\u00f3lica o enigm\u00e1tica: es met\u00f3dica; y m\u00e1s, no ofrece ning\u00fan \u00e9nfasis. En lugar de proponer una met\u00e1fora o un s\u00edmbolo, extrema la literalidad del gesto: no decir, no intervenir. Y al llevar esa l\u00f3gica hasta sus consecuencias m\u00ednimas, es disuelto por completo en la textura impersonal del mundo.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"element-body-5\">\n<p>Perec no reniega de la posibilidad del sentido, pero evita imponerlo. Su gesto, m\u00e1s bien, es el de abrir un intervalo, un espacio de espera sin objeto, donde incluso la nada toma forma en \u201cla ebriedad falaz de la vida suspendida\u201d. El protagonista no se suicida, no enloquece, no se convierte en otro. Simplemente persiste. Y en esa duraci\u00f3n, en esa negativa a reinsertarse en el flujo habitual del tiempo, se articula una suerte de pol\u00edtica de lo menor: la posibilidad de no hacer, de no cumplir.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"element-body-6\">\n<p>Escrita a los 26 a\u00f1os, entre Las cosas y su ingreso al Oulipo, la novela prescinde de la combinatoria, de las taxonom\u00edas y de las estructuras formales que m\u00e1s tarde marcar\u00eda la obra de Perec. Aqu\u00ed no hay juegos ni artificios, sino una disciplina austera sobre la contemplaci\u00f3n de la pura existencia. Sin progresi\u00f3n narrativa, sin conflicto ni revelaci\u00f3n, Perec postula una \u00e9tica que elude tanto el drama como la epifan\u00eda. Su apuesta es m\u00e1s bien otra: registrar lo que insiste cuando se deja el vector del deseo entre par\u00e9ntesis. As\u00ed, no es la historia lo que importa, sino su ausencia: una escritura que acompa\u00f1a el acontecer m\u00ednimo, el mero estar sin relato. El personaje no rinde cuentas; no hay secreto ni profundidad que descifrar. Y Perec logra sostener esa opacidad sin convertirla en misterio.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"element-body-7\">\n<p>Un hombre que duerme no ofrece un argumento, sino un modo de atenci\u00f3n; una manera de estar, aunque sea por un momento, al margen del mundanal ruido y de la imperiosa necesidad de avanzar. Perec no empuja a su criatura de regreso al mundo, ni le construye una justificaci\u00f3n retrospectiva. Lo deja ah\u00ed donde est\u00e1, en fr\u00e1gil equilibrio entre la vigilia y el desvanecimiento, la lucidez y la retirada. En ese gesto final, en esa quietud sin desenlace, se cifra algo m\u00e1s que una renuncia: una afirmaci\u00f3n tenue, una forma de fidelidad secreta a lo inaparente, a lo que insiste incluso cuando todo relato ha cesado.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"element-body-8\">\n<p>Un hombre que duerme, Georges Perec. Trad. Mercedes Cebri\u00e1n. Impedimenta, 136 p\u00e1gs.<\/p>\n<\/div>\n<p><br \/>\n<br \/><a href=\"https:\/\/www.clarin.com\/revista-n\/georges-perec-zona-susurros_0_LSl6XasTBS.html\">Fuente Clarin.com <\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Sin un \u00e1pice de dramatismo, el protagonista de Un hombre que duerme \u2013una figura apenas trazada, sin nombre, sin atributos que lo singularicen\u2013 decide retirarse del juego social; suspende el impulso de responder, de inscribirse en el flujo cotidiano, de afirmarse entre los otros. 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