
Lleva entregados más de 13.000 libros en cárceles de todo el país y recorrió 11 provincias promoviendo la lectura. Ana Sicilia es escritora, periodista, mamá de Juan y Pedro y directora de la Fundación AS, cuya misión es colaborar con el incentivo y la expansión de la lectura en contextos de encierro y en sectores vulnerados de todo el país.
Muchos la conocen como Anita. Un recuerdo latente en ella es la primera vez que tuvo un lugar para poner sus libros. Era de pino, chiquito, lo compró con lo que juntó sirviendo cafés en un bar de Adrogué y lo barnizó con ayuda de su mamá. Fue su primera biblioteca. No porque tuviera muchos libros, sino porque por primera vez, pudo llenarlo con libros propios.
Hasta entonces, leer era pedalear. Salía en bici desde Burzaco junto a su amiga Paula rumbo a la biblioteca de Adrogué. “Ni computadora ni libros en casa: si había tarea, había que ir. Y si llovía, también”, recuerda. En esa rutina nació algo que en su momento no tenía nombre, pero que lentamente se fue llenando de palabras.
Anita Sicilia creció en una casa obrera del sur del conurbano bonaerense, hija de una comerciante y un trabajador metalúrgico. El primer libro que recuerda no fue uno que eligió, sino uno que le regalaron: Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, a los ocho años. Se lo dio su papá. El segundo llegó tiempo después: El Principito, obsequio de un médico que le operó la mano a los nueve. Esos dos títulos fueron los primeros que colocó en su repisa nueva, cuando empezó a trabajar. Leer, desde el principio, fue construir una biblioteca poco a poco.
Tiempo después estudió la Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad de Quilmes, lugar que la llevó a querer profundizar en temas de inseguridad y en qué sucedía con las personas luego de estar en prisión.
Hoy, Anita dirige una fundación a pulmón, pero con una misión clara: poner libros donde más faltan. Lo que empezó con una visita ocasional a un taller de escritura en la Unidad 9 de La Plata se transformó en una cruzada silenciosa, persistente y amorosa. La invitó quien daba el curso luego de haber leído su blog. Aceptó sin pensarlo y volvió varias veces más. En una de esas visitas, vio un estante de cemento: húmedo, con moho, apenas unos libros arruinados. Entre ellos, Madame Bovary de Gustave Flaubert y un manual de química partido.
Anita propuso llevar libros. Hizo un posteo en redes. Pidió donaciones. Y llegaron: cientos. Tuvo que filtrar los que servían para leer. En ese momento nació lo que luego sería la Fundación AS, que hoy funciona sin apoyo estatal, pero con un equipo de ocho personas y una convicción inquebrantable. “Algo hermoso es estar trabajando con un equipo que nos conocemos de toda la vida. Éramos todas del barrio”, dice.
Desde 2017, donaron más de 13.000 libros. Recorrieron cárceles en al menos 11 provincias. Llevan lecturas a pabellones de máxima seguridad, pero también a hogares de niños, barrios vulnerables e instituciones juveniles. A veces, incluso, visitan a las familias de los detenidos para dejar libros a los hijos. A veces —lo cuenta Anita con crudeza— la comida y los pañales son más urgentes que las novelas. Pero ahí están, con cajas que traen ambas cosas: sustento y consuelo.
El catálogo de pedidos sorprende: desde El Príncipe, de Maquiavelo, hasta libros de metafísica o poesía. Rolón y Paulo Coelho también fueron solicitados. “No se trata de romantizar las cárceles. Están privados de su libertad, pero no de otros derechos como la educación. Es llevarles una herramienta”, afirma.
Fundación AS lleva ese nombre por muchas razones. Podría ser por las iniciales de Ana Sicilia, su fundadora. Pero también está la idea del “as bajo la manga” en medio de la adversidad. También, como si se tratara de un guiño, por la “ayuda social”.
Anita sigue escribiendo. Lo hizo en cuadernos desde el primer día: cada visita a una cárcel venía seguida de una crónica íntima, catártica. De ahí salió su primer libro: Libros tras las rejas, donde narra los primeros cinco años del proyecto. Ahora volvió a tomar la birome. Escribe sobre esta nueva etapa: la fundación ya formalizada y nuevas historias.
Aquella niña de Burzaco que pedaleaba hasta Adrogué con una mochila vacía, esperando llenarla. Hoy, con otra mochila, Anita arrastra cajas de libros, arma recorridos a dedo, coordina entregas y sostiene —sin pausa— una fundación entera.
Para colaborar no se necesitan grandes gestos. “Que sean libros en buen estado. De esos que uno volvería a leer. Infantiles, juveniles, novelas, cuentos. Aunque sea uno solo, valoramos la calidad sobre la cantidad”, afirma. Se reciben a través de su web (fundacionas.com.ar) o en su Instagram (@fundacionasok). “A mitad de año vamos a lanzar una campaña para sumar donaciones económicas. Queremos recorrer todo el país llevando libros y seguir con este proyecto”, concluye.