El dormitorio tiene piso de madera y una ventana que no se puede abrir porque las colas de zorro forman una muralla. Dos camas gemelas con acolchados a cuadros. Sobre la mesa de luz una radio con un dial luminoso y una aguja giratoria donde por las noches ella escucha los programas de Radio El Mundo. Arriba hay una repisa con los doce tomos de la enciclopedia Lo sé Todo, el Manual del alumno de Kapeluz y el juego El estanciero. Hay que tener cuidado de no perder los billetes que se reparten al comienzo porque gana el que tiene más plata: el juego consiste en comprar tierras. La madre se queja porque ella desparrama los billetitos rectangulares, celestes y rosas con inscripciones de cien, doscientos, quinientos y mil pesos por todas las habitaciones de la casa.

Pero lo que ella más desea es leer a Mafalda, la prima tiene la colección completa en la casa. Cada vez que se la pide le dice que se la prestó a otra chica o que tiene ganas de verla otra vez. El personaje creado por Quino tuvo su origen cuando una agencia de publicidad lo contrató para dibujar una historieta destinada a una marca de electrodomésticos: la empresa puso como condición que en los dibujos aparecerán licuadoras, lavarropas y que los nombres empezaran con M. El personaje tuvo tanto éxito que Humberto Eco dijo que con ese comic se podía entender a la Argentina.

En 1964 la revista Primera Plana comenzó a publicarlo como tira. En principio aparecieron la protagonista y sus padres. Después Quino agregó otros personajes como Felipe, Manolito, Susanita, Miguelito, Libertad y su hermanito Guille.

Ella piensa en su personaje favorito cuando, un día de tormenta el padre viaja a Santa Fe. Espera una sorpresa, que compre una Mafalda, pero él siempre vuelve con la Radiolandia. Ella sale del baño. Pisa las baldosas frías. Tirita al atravesar la galería. Mientras aguarda la cena lee en Billiken Las aventuras de Pelopincho y Cachirula. Repite las máximas impresas arriba de las páginas: “No envidies a nadie”. “Ser un niño puntual es algo muy hermoso”. “La mano que mece la cuna es la mano que gobierna al mundo”.

La madre sirve milanesas con puré. Ella mira a través de la ventana. Afuera, la tormenta es más fuerte. La madre está preocupada, entra a la cocina y llena una pava con agua. Ella se asoma a la puerta que da al fondo y ve los higos estrellados en el piso. A la una de la mañana los ojos se le cierran. La madre se va a dormir. Ella sigue esperando. No se da cuenta a qué hora llega el padre. Ella calienta la comida. El padre dice que pese a la lluvia, prefirió volver a casa. Dice que el río estaba tan revuelto que en un momento parecía que la lancha iba a dar una vuelta campana. “Me olvidaba tu regalo”, dice. Saca un ejemplar de Mafalda. Ella acaricia la tapa, pasa las hojas con cuidado. Como escribe Clarice Lispector en Felicidad Clandestina: ya no es una niña, es una mujer con su amante



Fuente Clarin.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *