
La política en Occidente está asistiendo a un período crítico, como pocas veces se ha visto (entendiendo a la expresión “crítico” como lo relativo a una crisis; que, a su vez, se refiere a una situación de cambio drástico -para mejor o para peor- en la que se encuentra un asunto o un proceso).
Hay cinco características que explican el proceso (político) crítico referido. Los dos primeros son una creciente efimeridad de la autoridad (que incluye más recurrentes cambios de autoridades de gobierno) y la tendencia al rápido debilitamiento de la autoridad (afectando la legitimidad de ejercicio de los magistrados -y, con ello, la capacidad de acción-).
Y ellos están llevando a otros dos: una incremental personalización política (con una pérdida de importancia relativa de los partidos y una creciente relevancia de los lideres y sus personalidades) y unas evolutivas friccionalidad y conflictividad en y durante la administración del poder (consecuencia de que la disputa nunca termina).
Lo significativo es que ello se completa con el quinto: las autoridades están tendiendo a poner en marcha procesos sustancialmente transformativos (pretendidas reformas radicales y no meras trasformaciones marginales) y se producen en muchos sitios sustanciales modificaciones esenciales de reglas que, así, cambian la vida de las sociedades.
El Brexit, la reciente “guerra arancelaria”, el anunciado abandono de la austeridad presupuestaria alemana, el pretendido acuerdo comercial argentino con Estados Unidos, el rearme de Japón o la sustantiva política israelí en Gaza son algunos ejemplos de ello.
Pero las democracias hoy viven en crisis. Cambios de jefaturas de gobierno recurrentes en países relevantes (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania), irrupción de liderazgos personalistas (Narendra Modi, Boris Johnson, Donald Trump), desarrollo de nuevos fenómenos sociales transformadores de viejas estructuras (inmigraciones masivas, fenómenos climático/naturales, crisis sanitarias, choques entre grupos de pertenencia cultural diversa, políticas disruptivas generadas por diversos gobiernos, rupturas de antiguos espacios).
Se consolida una hiperglobalización individual, por la que las personas, a través de sus aparatos informáticos móviles inteligentes , se contactan de modo regular y constante con cualquier otro ser humano en el lugar del mundo que fuere y forman grupos de referencia y pertenencia que superan ya a las “viejas” comunidades geográficamente localizadas impactando seriamente sobre el ámbito de acción del poder político -que es naturalmente nacional y no supranacional.
Aparecen fenómenos “no políticos” que condicionan lo público (como la sustancial revolución tecnológica que ha creado un mundo económico ciberdigitalizado que se transforma en un motor en sí mismo de poder e influencia y que supera en capacidades a muchas autoridades públicas convencionales) y la consecuente asunción del rol de lideres transformadores por parte de las superempresas mundiales y sus redes sistémicas de creación de valor (que se han apropiado de una función que tuvo antes la política: la de ser el agente transformador social); están cambiando el modo de organización pública en numerosos países. Y están creando actos de contagio.
Uno de los mayores cambios a los que estamos asistiendo, pues, es el modo de ejercer el poder político. La política supo ser la actividad relacional para la organización social pero hoy es un espacio en el que las fuerzas chocan y la capacidad de acción pública se complejiza. Sostenía Gonzalez Uribe que la política está encaminada a “constituir, desenvolver, modificar, defender o destruir un orden”.
Pero ocurre que lo que hoy predomina en buena parte de Occidente no es necesariamente un orden. Y ello se debe a que la política ya no es la “madre” de las actividades sociales; sino que la construcción o la transformación de la realidad hoy se opera a través de otras herramientas (influencers, nuevos aparatos tecnológicos, redes digitales suprafronterizas, fuerzas exteriores no administradas por la autoridad). Creía Bodin que es esencial al Estado la soberanía, entendida como la superioridad del poder en el orden interno y la autonomía en el orden internacional; y hoy poco de ello tiene lugar.
Esto ha generado una sustancial transformación de la política. Enseñaba Aristóteles que la política está formada por dos fuerzas: la faz agonal, que es la más dinámica y consiste en la lucha por la obtención del poder; y la faz arquitectónica, que es la más estructural y consiste en el ejercicio del poder (una vez que se lo ha obtenido) para la construcción de un relativo orden social. Y que una alimenta a la otra y ambas conjugan el juego democrático. Mario Justo López define claramente la situación: “sin la faz estructural, indudablemente la faz dinámica conduciría al caos; pero, sin la faz dinámica la mera faz estructural significaría la muerte”.
Pero ocurre hoy que, al debilitarse el ejercicio del poder por los fenómenos antes descriptos, la política ha incrementado su faz agonal y debilitado su faz arquitectónica. El debilitamiento del poder político hace que ya nunca nadie puede sentir que ha obtenido la autoridad de ejecución efectiva; y por ende la lucha por el poder se ha transformado en crónica, permanente (aun cuando se detenta la titularidad de un cargo).
Porque la “legitimidad” (que se refiere a la aceptación social de la autoridad) es fugaz, en medio de la sociedad liquida que vivimos. Y la lucha nunca termina. Lo que a la vez está creando una sustancial transformación de la concepción de la política.
Marcelo Elizondo es especialista en asuntos internacionales.