La historia de este postre se construyó lejos de los libros oficiales de cocina. El flan napolitano, con su textura firme y su sabor dulce con notas lácteas, llegó a las mesas argentinas sin referencias precisas, pero con una receta que pasó de generación en generación. Aunque su nombre remite a Italia, la preparación no tiene raíces napolitanas reales, sino un origen popular que la cocina casera adoptó como propia.
Con el correr de las décadas, este postre ganó un lugar indiscutido en reuniones familiares y cartas de menú. La receta se basa en una combinación simple de ingredientes cotidianos y un proceso que no requiere técnicas profesionales.
El flan napolitano no proviene de Nápoles ni tiene autor registrado. Su nombre probablemente busque dar un aire internacional a una variante más rica del flan tradicional. La incorporación del queso crema le da una textura cremosa y un sabor distinto que lo separa de versiones clásicas.
Su adopción en Argentina fue espontánea. A medida que se popularizó la leche condensada y otros productos industrializados, la receta ganó terreno. Rápido, rendidor y fácil de conservar, el flan napolitano pasó de la cocina hogareña a los restaurantes y confiterías, donde se sirve con dulce de leche, crema o frutas.
La preparación requiere pocos ingredientes, la mayoría disponibles en cualquier hogar. La clave está en respetar los tiempos de cocción y el armado del caramelo. No se necesita batido intenso ni utensilios especiales, solo una licuadora, una flanera y horno.
El flan napolitano se sirve frío, con acompañamientos como crema, dulce de leche o coulis de frutas. Su consistencia firme y suave a la vez lo convierte en uno de los postres más elegidos por los argentinos.