Según la Organización Mundial de la Salud, el síndrome de burnout se define como el resultado del estrés laboral crónico que no se gestionó con éxito. El mismo se caracteriza por tres dimensiones: sentimientos de agotamiento o pérdida de energía; mayor distancia mental con respecto al trabajo o sentimientos de negativismo o cinismo relacionados con el trabajo; y eficacia profesional reducida.

Así, si bien este fenómeno surge dentro del ámbito laboral, su impacto excede ese universo y se traslada a otros espacios y vínculos. Valeria Bedrossian, psicóloga especialista en relaciones, destacó que “el burnout se instala lentamente y, así, muchas personas funcionales, responsables y comprometidas, van desconectándose del sentido mientras sostienen todo hasta, muchas veces, llegar a dañarse sin siquiera notarlo”.

Entonces, lo que sucede es que se instala una lógica interna que posterga el registro emocional propio y el de los demás, normaliza el exceso e invisibiliza el malestar.

Bedrossian explicó que el burnout es, en esencia, el resultado de una despersonalización cronificada, una pérdida de contacto con uno mismo al servicio de algo externo. Se trata de una especie de autoabandono sostenido en nombre de la responsabilidad, la productividad o el compromiso con una causa más elevada. Y aunque se lo asocie principalmente al ámbito laboral, su impacto atraviesa lo vincular, lo corporal, lo anímico y lo espiritual.

En su consultorio, añadió, uno de los síntomas que más advierte -además de los físicos- es “lo que se podría llamar “desimplicación” afectiva: personas que están presentes, pero desconectadas”. “No siempre se expresa como un colapso abrupto; muchas veces aparece como una apatía callada, una indiferencia persistente, una pérdida de sentido vital”, sostuvo.

Como consecuencia, la persona comienza a vivir en un modo donde lo emocional se vuelve una carga más. “No hay tiempo, no hay espacio, no hay energía. Sin proponérselo, empieza a replegarse. Los mensajes de personas cercanas quedan sin responder o se responden de forma fragmentaria. Las charlas se acortan, las miradas profundas se desdibujan. Y entonces ocurre algo silencioso pero profundamente doloroso: el entorno se adapta”.

En ese momento el impacto del burnout en las relaciones se nota más aún. A la persona “ya no se la molesta; no se le escribe; directamente, ya no se espera respuesta. Se da por sentado que ‘está a mil’, ‘no puede’ o ‘no tiene cabeza para eso’”.

A nivel vincular, destacó la psicóloga (en Instagram, @valeria.bedrossian), el burnout deriva en la instalación de una suerte de “cerco invisible”. “No hay conflicto explícito, pero sí una distancia que se vuelve crónica. Una desvinculación silenciosa que empobrece la trama afectiva”, aseguró.

En esa línea, amplió: “El burnout no sólo erosiona al que lo padece sino que reconfigura el ecosistema vincular. Y cuando ese ecosistema se empobrece, lo emocional también pierde su capacidad de sostén. Es una cadena silenciosa que muchas veces se corta recién cuando algo estalla o se cae por su propio peso”.

Por otra parte, añadió, la hiperfocalización genera un sesgo que hace perder de vista lo que ocurre en el mundo emocional y familiar. Y aunque los demás lo mencionen o intenten advertirlo, la persona lo justifica, lo posterga o lo minimiza. Dos preguntas importantes para hacerse en ese momento son: ¿Qué relaciones estoy dejando en pausa mientras intento cumplir con todo? ¿Qué momentos importantes de la familia me estoy perdiendo por estar hiperconectado con mis obligaciones?

Para enfrentar este fenómeno, Bedrossian concluyó que “el burnout puede ser una puerta, una oportunidad para revisar desde dónde hacemos lo que hacemos y, desde ahí, elegir cómo seguir. Y, sobre todo, para volver a integrarnos como personas”.



Fuente Clarin.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *