Vladimir Putin está ganando. No sólo, ni tanto, la guerra contra Ucrania, que en realidad le ha costado más de lo que pensaba. No, está a un paso de ganar la guerra contra el «orden liberal», contra los valores y las instituciones que desde la Segunda Guerra Mundial han prevenido guerras mundiales, extendido la democracia, creado prosperidad.
Ha conseguido escindir Occidente, dividir Norteamérica, sembrar la cizaña entre los europeos: un triunfo, chapeau.. Adiós «alianza atlántica», adiós «mundo occidental». Los que siempre los han combatido lo celebrarán. Veremos cuánto durará la fiesta: cuándo reconocerán que podría haber sido peor, mucho peor, será tarde.
El nuevo mundo, ténganlo por seguro, no tomará como modelo los derechos universales del hombre, a los que es ajeno, en los que apunta la pretensión imperial occidental. Lo que ya se vislumbra en el horizonte será un rompecabezas de «destinos manifiestos», de espacios imperiales -algunos los llamarán «espacios vitales»- basados en las «leyes de la historia» y en la «identidad de los pueblos», en la etnia prevalente y en la fe dominante. El más fuerte las invocará para aplastar al más débil, el más grande para subyugar al más pequeño, la mayoría para oprimir a la minoría.
La rendición ucraniana no apaciguará a Moscú como los Sudetes no apaciguaron a Berlín. Los «pacifistas» de hoy, como los «apaciguadores» de entonces, se creen palomas pero alimentan halcones: Kiev caerá hoy, como Praga en su día, en la órbita del invasor. Y como el apetito crece comiendo, una vez digerido el primer bocado, Rusia blandirá la espada de Iván el Terrible y la cruz del inefable Patriarca Kirill contra sus vecinos desde el Báltico hasta Asia Central, desde el Cáucaso hasta Polonia: ¡hay un Imperio que reunir!
Legitimada la invasión armada, bendecida la ley de la selva, puesto en verde el semáforo hasta ahora fijo en rojo, Xi Jinping no tardará en afirmar su vocación imperial sobre Taiwán y el mar de China, Narendra Modi se apresurará a proyectar hacia afuera el ardiente nacionalismo hindú con el que lidera la India, Recep Tayyip Erdoğan extenderá su agresiva hegemonía hacia la zona túrquica a costa de sus vecinos que túrquicos no son.
Y así en todas partes, hasta que los espacios imperiales choquen entre sí y las primeras chispas amenacen con iniciar un incendio global. El «choque de civilizaciones» está a las puertas y Ucrania es la primera en pagar la ley no escrita: ay de aquellos que se separen de su propia tribu, que pretenden forjar su propio destino como les dé la gana.
Con semejante telón de fondo, el “Making America Great Again”, el eslogan de Donald Trump que resuena por doquier, hace sonreír: es apenas un señuelo, un flatus vocis que tapa la retirada, una hoja de parra que no cubre nada. Si el siglo XX ha sido el «siglo americano», fue gracias al excepcionalismo estadounidense.
Siempre ha sido el caso de todos los imperios de la historia, de los romanos a los británicos, de los persas a los españoles: les guste o no, esté o menos justificado, su «excepcionalismo» consistía en dominar para emancipar, su ideología era expandirse pensando «civilizar». Y el excepcionalismo del imperialismo estadounidense, fueran buenos o pésimos sus gobiernos, era la Ilustración, el impulso laico y democrático.
Si Estados Unidos lo abandona, se convierte en una potencia cualquiera. Si ya no están dispuestos a asumir los costes del liderazgo, los costes del libre comercio y la democracia, del multilateralismo y los derechos humanos, su excepcionalismo ha muerto. Y con el excepcionalismo la época en que Estados Unidos eran «Great».
Tal vez sea inevitable, incluso fisiológico: ¡el equilibrio mundial ha cambiado tanto! El peso de la hegemonía se ha vuelto insoportable para Estados Unidos. Pero la reacción es impresionante: lejos de intentar defenderla, Donald Trump golpea los pilares sobre los que se fundó, en lugar de cultivarla la repudia. Un experto habló de una «potencia renegada»: así es.
Al libre mercado opone el mercantilismo, al cosmopolitismo el nacionalismo, a la conciencia la fe, a la ley la arbitrariedad, a la democracia la autocracia. ¿Los aliados? Se jodan. ¿Las instituciones multilaterales? También. ¿La división de poderes? Un impedimento. ¿Los compromisos heredados? Se los llevó el viento. Para derrotar a los enemigos, Trump los imita y combate a los aliados.
Al abrazarlo a priori, al seguirlo adonde vaya y haga lo que haga, el Gobierno argentino sueña con subirse al tren de la victoria, con allanar el camino de su «destino manifiesto», el espejismo que impregna el mesianismo mileísta. Pero se dispara en el pie. No le importa sacrificar la coherencia a la conveniencia, la credibilidad a la oportunidad, Zelensky a Putin, el entendimiento con Europa a la devoción por Trump.
Dice que está con Occidente, pero ¿qué Occidente? Ya no estamos en los tiempos de Menem, cuando reinaba el «Consenso de Washington» y George Bush se alzaba victorioso sobre el orden liberal.
Ahora Trump negocia con Putin a espaldas de los europeos. Se entiende con autócratas declarados. Argentina votó en la ONU sobre la invasión de Ucrania con Cuba y China contra Francia y Alemania. Por mucho menos, el presidente Milei había echado a Diana Mondino. Nada ha cambiado, explicó su sucesor, nuestra política sigue siendo la misma. Nos trata de imbéciles. Quien traiciona a los amigos y a los principios será traicionado por quienes como él carecen de principios, y despreciado por quienes fueron sus amigos.