El duelo es un proceso tan natural como la vida; sin embargo, ¿cuánto conocemos acerca de sus manifestaciones y consecuencias? Y, más allá del dolor que genera, ¿sabemos que también implica reconstrucción y crecimiento?

Desde los ritos funerarios a la desaparición de las formas ceremoniales, de las lecturas religiosas a los informes científicos o del Taj Mahal a las elegías literarias, se expresan los modos en que una sociedad, y un sujeto, dan sentido a ese difícil proceso de comprender el paso entre lo que existe y lo que deja de existir.

Prefiero considerar que no se trata solo de la muerte de alguien sino, como señala Freud, de pérdidas equivalentes, como el rol social desempeñado, las mascotas, la posición económica, la salud, la imagen, entre otros. Su carencia amenaza la seguridad en uno mismo, el dominio de situaciones cotidianas y la previsibilidad en lo futuro, poniendo en duda quiénes somos, qué hacemos, a quién le importamos…

Aun cuando las definiciones no sean exactas, el luto es la formalización, o mandato social, acerca de cómo deberíamos comportarnos ante este cambio, con múltiples variaciones históricas y culturales.

Los más grandes recuerdan que al luto se lo dividía en riguroso, medio o cuarto y esto impactaba en la vestimenta, en los sentimientos y actividades expresados ante los otros. Actualmente, nos sorprende ver la extinción progresiva de hábitos tan afianzados como los largos velorios, los cortejos fúnebres o los entierros.

El duelo, en cambio, expresa la vivencia más individual, indudablemente marcada por un contexto social, pero que resulta sensible a una numerosa cantidad de factores.

Para muchos teóricos fue considerado como una larga despedida en la que una persona iba revisando emocional y cognitivamente la pérdida, con el dolor que esto implicaba, para volver a conectar nuevamente con lo que estaba y era factible. Esto parecía suceder en etapas, que iban desde el rechazo, la aceptación y la búsqueda de otros objetos, con una cierta duración estimada.

La investigación actual no encuentra evidencia que haya tales etapas ni tiempos precisos. Cuestión de singular importancia, ya que se suele considerar que, si supera un cierto período de tiempo, el duelo se vuelve complicado o, como antes se señalaba, patológico.

No es así, las expresiones de dolor son variables según la pérdida en cuestión, las características personales del duelante, el tipo de relación y los niveles de dependencia existentes y el momento personal que atraviesa un sujeto mientras transcurre este proceso.

Por ejemplo, el duelo por un hijo suele tener manifestaciones de dolor muy largas y esto no implica un desorden patológico, sino que se debe al valor que se le otorga y la percepción de que no debería haberse fallecido antes que los padres.

Al duelo podemos entenderlo como un mecanismo básico de adaptación ante un cambio de gran envergadura. Por ello, es un proceso de reconstrucción donde operan tanto los recursos personales como los contextos en los que sucede.

La pérdida de los padres puede ser muy difícil de superar en la niñez y no así en la adultez. Así como en parejas muy mayores la pérdida del cónyuge puede aumentar las posibilidades de enfermedad o incluso de muerte. Por otro lado, la identidad de género puede afectar diferencialmente ya que las mujeres suelen expresar más su aflicción y pedir ayuda, mientras que los varones suelen evitar tales mostraciones, aislándose, y pudiendo enfermarse, física y mentalmente.

El proceso de duelo implica de este modo una preocupación por la pérdida que da lugar al dolor, el llanto, el temor y la sensación de incapacidad, pero también es la búsqueda de encuentros, sostenes, aprendizajes y recursos que posibiliten el cambio.

Algunas cuestiones resultan fundamentales, como el apoyo de los otros que den lugar a sentirnos más cuidados, el aprendizaje de nuevos roles que otorguen más recursos, y comprender que las transformaciones se producen en el tiempo, pero no dependen solo del tiempo, sino de todas las decisiones que en ese momento se tomen.

De esta manera, el duelo puede ser visto como un proceso saludable que permite entender lo sucedido y reconstruir la posición personal. Sin embargo, al depender de muchas circunstancias y comprometer tan íntimamente al sujeto, se pueden complicar sus desenlaces y requerir la atención profesional.

Para concluir, sabemos de los efectos traumáticos del duelo, caracterizados por la dificultosa elaboración de lo perdido y la incapacidad para reanudar un proyecto vital, dejándolo como una herida abierta. Sin embargo, hoy conocemos los aspectos positivos del duelo, que surgen a partir del dolor de la pérdida y la capacidad de resiliencia que de allí emerge.

La gente que atravesó duelos señala que aprendió a conocerse más a sí mismos, a relacionarse con los otros de maneras más positivas o afectivas y a modificar su filosofía de vida. Lo que nos indica que los grandes obstáculos vitales pueden detenernos, pero también aprender los medios para superarlos y aún más crecer con ellos.

Ricardo Iacub es Doctor en Psicología (UBA)



Fuente Clarin.com

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