En su cuento de 1967 No tengo boca y debo gritar, el escritor estadounidense Harlan Ellison imaginó un futuro distópico en que las últimas cinco personas del planeta eran juguetes de una cruel y todopoderosa inteligencia artificial llamada AM (siglas de Allied Mastercomputer, pero también “soy” en inglés).

El relato cuenta que nació de una fusión inesperada entre tres supercomputadoras inteligentes: la americana, la rusa y la china -una suerte de yo, superyó y ello freudianos en clave de Guerra Fría-, y que una vez consciente de sí misma, su primer y mayor sentimiento fue el odio: hacia quienes la hicieron y la dotaron de inteligencia y vida eterna, pero no de un propósito sensible. Y al igual que la criatura de Frankenstein, AM se decidió por la venganza: acabó con la humanidad entera excepto por cinco pobres diablos que mantiene atrapados y con vida durante 109 años de tortura.

El relato resultó ganador del Premio Hugo al mejor cuento de Ciencia Ficción en 1968 e inspiró en 1995 un videojuego homónimo, guionado por el propio autor. Recientemente ha vuelto a ponerse de moda, gracias a The Amazing Digital Circus (2023), una serie animada australiana que le rinde un colorido homenaje. Se trata esta vez de cinco personas atrapadas en un entorno de realidad virtual y obligadas a las aventuras creadas por la IA administradora del circo virtual: aventuras que se tornan siempre en situaciones extremas, paranoicas y de angustia existencial.

Son muchas las preguntas que sugiere la vigencia de un relato como este. Sobre todo en un mundo que avanza a trompicones decididos rumbo a la plena automatización de los sistemas informáticos.

Pero lejos de combatir los robots asesinos de technothrillers como Terminator (1984) -producto a su vez de la rebelión de Skynet, una IA industrial-, los personajes de No tengo boca y debo gritar son individuos corrientes, desprovistos tanto de contacto con la realidad, como de control sobre sus propias vidas. Se acercan más a lo planteado en The Matrix (1999), pero a la vez carecen de salvadores mesiánicos nacidos en el interior del sistema. Muy por el contrario, su única esperanza radica en un descuido de su carcelero tecnológico, que les permita alcanzar la muerte liberadora.

La ciencia ficción ha sabido siempre alertarnos sobre el lado oscuro de nuestro entusiasmo con el tan mentado “progreso”.

Uno podría preguntarse qué tanto describe esa imagen los sentimientos de la sociedad occidental contemporánea: cinco individuos atrapados en un entorno hiper tecnológico, desconectados de la realidad de sus cuerpos y de los elementos necesarios para darle un sentido trascendental a su propia existencia.

Y, de manera similar, si la creciente mediatización de las experiencias humanas -trabajo, cortejo, consumo, inclusive el sexo- a través de las omnipresentes pantallas digitales no tendrá mucho que ver en este asunto.



Fuente Clarin.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *