La imagen es ilustrativa, aunque no necesariamente nueva. La elaboró el FMI. Sostiene que la economía global se está fragmentando en bloques, con un flujo creciente de capital y comercio entre aliados geopolíticos, pero no más allá. Una agonía efectiva de la globalización y el esmerilamiento del libre comercio. Consecuencia de lo que los medios financieros alertan sobre una guerra comercial que “estalla en el mundo a un ritmo sin precedentes en décadas” con marcas distintivas del siglo pasado

Este escenario se acelerará desde el próximo miércoles cuando Donald Trump generalice su ofensiva arancelaria convencido de que es la vara mágica del enriquecimiento de su país. No es lo que creen los mercados y los economistas. Un dato ayuda a comprender la dimensión del problema.

El magnate acaba de anunciar aranceles de 25% contra los automóviles importados, lo que, sostiene, le reportará a su país ganancias de US$ 100 mil millones anuales. Esa cifra es tres veces menor a los US$ 300 mil millones del comercio automotriz anual de EE.UU. con Canadá y México que colapsaría. Los autos costarían más caros, habría menos ventas, desempleo y crecería el negocio de China en el resto del mundo, afirman las empresas.

“Un arancel del 25% llevaría a Canadá y México a una recesión y a EE.UU. a un estancamiento del crecimiento”, analiza Andrew Foran, de TD Economics. Es porque se reducirían al menos 10,6% las ventas de vehículos en EE.UU. y poco más en Canadá. En términos básicos se termina un muy buen negocio. “El hecho de poder obtener acero y aluminio relativamente barato de Canadá, de poder utilizar la mano de obra relativamente barata de México y de aprovechar la tecnología de punta de EE.UU., creó un lugar increíblemente competitivo”, dice Brett House, de la Universidad de Columbia. Pero Trump considera “ridículo” que las empresas operen fuera de EE.UU.

Esa mirada en blanco y negro explica el desdén hacia esos socios o “al invento atroz de la UE”, según palabras del mandatario, un sentimiento que se amplificó con el término de “bloque patético”, que le zampó el vicepresidente JDVance en las filtraciones sobre los ataques a Yemen. Es un reverso extraordinario de la historia y una enorme perdida de oportunidades.

Mercados preocupados. Un operador en la Bolsa de Nueva York. Foto EFEMercados preocupados. Un operador en la Bolsa de Nueva York. Foto EFE

Años atrás, en la última ronda del GATT en Uruguay en 1986, que se cerró en Marruecos en 1994, la mayor cumbre comercial de la historia, se elaboraron profecías que encajan en esta época. En la cita de Punta del Este, en la que estuvo este cronista, se explicó que, de no hallarse un camino de integración, libre comercio e idealmente de ideas, nacerían formaciones como grandes manchas en el mapa, de amplio intercambio dentro de ellas, pero cerradas entre sí. Un remedo posmoderno del feudalismo y en el cual los poderes y sobrevivencia dependerán de la energía y musculatura de esos espacios para evitar ser absorbidos por el contrario.

El retroceso a un desequilibrio

Aquel encuentro del GATT, el organismo que precedió a la Organización Mundial de Comercio, tuvo como propósito reducir las barreras proteccionistas. Durante más de una década se buscó un sistema de soluciones de controversias que eliminara el riesgo de competencias que podrían cuadrar con conflictos de mayor envergadura.

Una de las razones de esa preocupación venía de un domingo de agosto de 1971, cuando el entonces presidente de EE.UU. , Richard Nixon, asesorado por el Nobel Milton Friedman, de la Universidad de Chicago, y Paul Volker, anunció el final del patrón oro que venía como un legado enriquecedor de la posguerra. Se terminaba un pacto según el cual todas las monedas se referenciaban por un cálculo simple: la onza del metal costaba invariablemente 35 dólares y se convertían a tasas fijas garantizadas por el valor del oro. Ese sistema fue clave para la recuperación de Europa y Japón después de la pesadilla bélica.

Pero EE.UU. enfrentaba problemas en su balanza de pagos. Entre otros, influían los costos de la guerra de Vietnam y desde Washington observaban un auge en las economías en el otro lado del mundo que no tenía un reflejo doméstico. El fin de este esquema, que fue una necesidad puramente devaluatoria norteamericana, desató una crisis global, se derrumbaron las Bolsas y creció la incertidumbre.

El secretario del Tesoro de Nixon, John Connally, en una frase famosa reconoció a europeos y asiáticos que “el dólar es nuestra moneda, pero desde ahora será su problema”. La medida vino acompañada, además, de un arancel de 10% a las importaciones y hasta se fijaron controles de precios y de salarios para enfrentar la inflación. El resultado fue que no solo desaparecía la garantía del patrón oro, sino que, además, las exportaciones del resto del mundo se encarecerían, lo que disparó las réplicas.

El final de casi 40 años de mercados desregulados, corporizó otros espectros: desde el libre movimiento de capitales especulativos a la pérdida del control del sector financiero por los Estados. También, la arquitectura proteccionista que, con todo, fue mucho más liviana que la que revolea Trump. Es lo que vino a resolver el GATT creando la OMC en 1995.

Apenas cuatro años después de esa fecha, los aranceles promedio entre las principales economías globales eran de 3% con una multiplicación de los acuerdos de libre comercio y la caída de los precios al consumidor por la dilución de los impuestos proteccionistas. El puro umbral de la globalización que convirtió al mundo en un único mercado y una única factoría.

Lo que vemos ahora de la mano de estas flamantes políticas nacionalistas es el regreso a aquellos modos feudales, con el lema que también, aunque sin citarlo, promovía Nixon de “America first” (sus políticas de shock salvaron al país de una crisis al costo de un varapalo global). El magnate va incluso más allá: sostiene que “las décadas de expansión del comercio global fueron una catástrofe para EE.UU.”, señala asombrado The Wall Street Journal. Trump busca reproducir un experimento de antes en este presente cuyo contexto es bien diferente, con jugadores nuevos, la UE y China, entre los más destacados.

La guerra arancelaria es tal debido a que generaliza la regulación estatal del comercio. Al 1° de marzo, señala el diario financiero, había 4.650 restricciones a la importación vigentes en las 20 economías líderes, incluyendo aranceles, derechos antidumping, cuotas y otras restricciones a la importación, según Global Trade Alert, una organización sin fines de lucro con sede en Suiza que monitorea la política comercial internacional . Es un aumento de 75% desde el primer mandato del republicano en 2016.

Las simplificaciones suelen ser complicadas. Trump supone que logrará un envión manufacturero, otorgando beneficios impositivos para sustituir importaciones. Lo necesita porque China es ya la primera potencia manufactura mundial con una producción bruta que es tres veces superior a la de EE.UU. También, para intentar reducir el enorme déficit fiscal, con recursos que aspira obtener del esquema arancelario.Pero esos rojos se dispararon 60% en febrero con los importadores corriendo para esquivar los impuestos que enamoran al presidente..

El problema de ese armado añoso trumpista radica en la modernidad: las cadenas de valor que nacieron o se afianzaron con la globalización, incorporaron más insumos importados que antes y no es sencillo relevarlos y es dudoso que produzcan alguna ganancia, como exhibe el litigio automotriz. Es más lo que se pierde que lo que se gana. Planteo que se revertiría probablemente no con el conflicto sino con la profundización de las alianzas económicas. La UE junto al Reino Unido, Noruega y Suiza, reúne un PBI apenas por debajo del estadounidense. Un socio nada “patético” que debería ser inevitable.

Tampoco es posible jugar con los tipos de cambio como hizo Nixon. Un dolar más débil debilita el poder sancionatorio de la potencia y puede ser fácilmente imitado por rivales como China que deja su moneda pegada a las evoluciones de la moneda norteamericana. Es lo que no ve Trump con estas urgencias nacionalistas. Puede beneficiar en casa a los 13 millones de estadounidenses que trabajan en el sector manufacturero, pero la fiesta la pagarán los 300 millones de consumidores. Y el mundo real se ira quedando muy lejos.

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Fuente Clarin.com

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