Siempre es complicado tener un socio. Sea en un kiosco de golosinas o una corporación multinacional, sea un familiar o un extraño. La base del conflicto usualmente es la misma: es difícil acordar cuánto pone cada uno para sacar qué.
Ambas partes suelen creer que el reparto es injusto.
En la política, por supuesto, sucede lo mismo. La alianza nonata -hasta el momento- entre el PRO y el oficialismo ofrece la prueba más concluyente del teorema.
Vienen coqueteando desde hace rato y con razón: en la economía, piedra angular del problema argentino, piensan muy parecido. Hasta el cansancio se habló de las milanesas compartidas en Olivos, del reconocimiento por parte de Mauricio Macri de que le hubiera gustado tomar las decisiones fuertes que Javier Milei tomó apenas asumió, de la necesidad de un proyecto electoral común para espantar los fantasmas del regreso kirchnerista.
Sin embargo, el tiempo pasó y los acuerdos no llegaron. De hecho, de siete distritos donde ya cerraron las inscripciones de alianzas, apenas irán juntos en uno, Chaco, donde ni siquiera son los actores centrales.
Las posiciones resultan más o menos claras. Milei y su círculo cercano piensan que carece de sentido hacer un arreglo general con el macrismo porque ellos tendrían las barajas ganadoras en la mano. Que los votantes del PRO ya saltaron a La Libertad Avanza, en síntesis, porque su gestión es exitosa con la baja de la inflación y la ausencia de piquetes, dos de los peores defectos de lo que fue la administración macrista.
Y que los legisladores de ese partido, puestos entre la espada y la pared, normalmente votarán con LLA, como viene pasando. Para el oficialismo, mezclar el violeta con el amarillo no sumaría nada. O muy poco.
En el PRO hay dos posiciones. Están quienes prefieren sacar pocos votos pero conservar la pureza republicana. Son quienes critican las formas mileístas pero coinciden en el contenido de fondo. Son los que se sienten en la obligación de aclarar que apoyan “pero…”
Y están quienes creen que no se puede hacer campaña con “peros”. Que el partido debe hacer pesar la fuerza de su estructura para negociar y acordar con los libertarios, aun a costa de algunos sacrificios, para no abrir la posibilidad a un resurgimiento peronista.
Unos y otros toman día a día mayor conciencia de la debilidad de su posición en esta entente.
La realidad es que el macrismo puede ofrecer un armado partidario en cierto punto robusto y algunos dirigentes de renombre (que además podrían saltar la valla de manera individual). No mucho más: el apego a las instituciones y los buenos modales son bonitos para el currículum pero no demasiado influyentes en las urnas. Y el triángulo de hierro lo sabe.
Además, ellos están acostumbrados a apostarlo todo. All in. Hasta ahora, simplemente arriesgaban nada y la táctica se les hizo estrategia. Pisan a fondo porque especulan con que el contrincante siempre se correrá primero.
Sucede que ahora el pozo en juego es importante. En la Ciudad, por ejemplo, donde habrá elecciones para legisladores locales el 18 de mayo, LLA irá con una lista propia y el PRO también. El oficialismo porteño perdió antiguos socios como la UCR, la Coalición Cívica, Confianza Pública (Graciela Ocaña) y Republicanos Unidos (Ricardo López Murphy). Incluso sufrió un desmembramiento interno, con la partida de Horacio Rodríguez Larreta. LLA también perdió un miembro importante, Ramiro Marra.
El peronismo se relame los labios. La utopía de triunfar en la Ciudad aparece más cercana que nunca en dos décadas.
Ese escenario -perder en casa- dejaría al PRO casi en coma. Pero mal haría el Gobierno en pensarlo como un triunfo. El peronismo renacido sumaría un impulso que puede ser determinante en el distrito más importante, por lo populoso, del país: la provincia de Buenos Aires, donde por ahora habrá PASO el 13 de julio.
¿Qué certezas podría ofrecer al mundo económico un oficialismo derrotado en los dos distritos más influyentes del país, sin legisladores suficientes ni estructuras propias?
Una cosa es despertar confianza en los inversores y otra pedirles un acto de fe.